Nuestros hijos van creciendo, aprendiendo, despertando – con lo que traen como disposición y los esquemas vinculares que nosotros como padres les hemos enseñado – conciente o inconcientemente.
La mayoría de nosotros tenemos la vivencia de que hemos dado y damos TODO de nosotros en su crianza, que hemos brindado el 100% de nosotros… Y seguramente es así, ¿pero es eso lo que nuestros hijos necesitaban? ¿Preguntamos qué necesitan?
Muchas veces sentimos la certeza de que en realidad hemos “sobreprotegido” a nuestros hijos. Luego si nos ponemos a pensar, estando en casa con las tareas hogareñas o si trabajamos todo el día, llegamos al final de día y comenzamos con nuestras “responsabilidades” y nuestros hijos nos siguen esperando.
Cuando finalmente comienzan a pedir (algunos llorando, otros con palabras o acciones) sentimos que nos quieren manejar, que nos están manipulando, que no entienden que trabajamos todo el día y todavía nos quedan un montón de cosas por hacer !!!
Los pocos recursos adultos que tenemos para relacionarnos, para DAR, los vamos dejando a lo largo del día. Finalmente, cuando nos encontramos con nuestros hijos, con lo que queda de nosotros, esperamos que sean ellos los que nos comprendan:
- que no pidan nada,
- que coman sin hacer lío,
- que hagan la tarea sabiendo lo que tienen que hacer,
- que se bañen sin salpicar,
- que se duerman rápido sin pedir nada,
- que no sean niños…
Parecería que es una guerra, grandes contra chicos… Nuestros recursos adultos caen y sólo quedan nuestros recursos más infantiles, es allí cuando estas “GUERRAS” se desatan. Y en estas guerras asimétricas (adultos-niños), siempre, aún cuando no podamos verlo, el mayor costo lo pagan los niños.
Algunos niños pelean sin resignar sus necesidades de atención, cuidado, amparo…
Otros aprenden que tiene que hacer las cosas solos porque los grandes tienen cosas más importantes que hacer…
Y otros, dejan de pedir porque aprenden a sentir que no merecen recibir atención de nadie.
Allí, en estos esquemas aprendidos es en donde los depredadores se cuelan, huelen la soledad, el miedo, la impotencia y es allí donde actúan.
Cuando sentimos que hemos dado todo por la crianza de nuestros hijos, pongámonos la mano en el corazón e intentemos reconocer cuántos momentos de conexión, mirada a los ojos, cercanía hemos brindado y compartido.
Si lo hemos hecho y hacemos, bien por nosotros y por nuestros hijos. Si aún no, hoy es un buen día para comenzar: ¿Qué necesitás hijo?, acá estoy…
Lic. Roxana Ale





