- Yo no quiero ir a dormir a otro lado, quiero mi cama. Quiero a mis papás juntos
- Me dicen que esa otra también es mi casa. Yo quiero la de siempre
- Mi papá se fue a otro país y tiene una novia. Mi mamá no quiere que lo vea
- Yo pensé que me iban a regalar un perro y me dijeron: nos separamos – Mi papá y mis abuelos nos echaron de nuestra casa. Me dio miedo
Una y otra vez escuchamos estas expresiones de dolor, incertidumbre, miedo, ansiedad que irrumpe en el universo infantil cuando una familia se separa. Separación, junto con muerte y mudanzas – son crisis vitales que nos generan un altísimo nivel de estrés. Impactan en nuestro psiquismo y emociones dejando profundas huellas. Son PÉRDIDAS, que como tal implican un proceso de duelo. Los niños pierden referentes concretos: mamá y papá juntos, tener que ir a dos casas, dormir en dos habitaciones diferentes, en otras camas, tener que moverse cuando quizás no tienen ganas… Rápidamente los adultos insistimos: esta también es tu casa. Por supuesto, ese es un punto de llegada – no de partida.
La manera particular en que cada familia transcurra esto dependerá de la adultez, generosidad y amorosidad con que los adultos acompañemos este proceso y de los recursos y edad que cada niño tenga.
Muchas veces los niños tienen claros indicios del proceso que lleva a una pareja a decidir una separación: peleas, enfrentamientos, gritos, portazos, frialdad, distanciamiento, impotencia, frustración. Todas estas emociones atraviesan el mundo de nuestros hijos. Ellos “saben” lo que ocurre. Otras veces parecería que todo estaba bien, y “de pronto” nos enteramos. Cuando pasa el shock, el momento de desagarro devastador, para niños y adultos, podemos empezar a juntar las piezas de nuestra historia. Profundamente, nuestro ser “sabe”.
La manera en que nos separamos, estará íntimamente relacionada con la manera en que nos emparejamos y transcurrimos nuestra pareja: si iniciamos infantilmente, nos separaremos infantilmente. Si nuestro vínculo estuvo atravesado por mentiras, ocultamientos, manipulaciones, sometimientos, secretos, violencia (explícita o implícita), así será nuestra separación. Y los niños, será testigos involuntarios de esto. Ellos no eligen esto. Son arrastrados por esto, por eso les debemos las palabras que traduzcan y ayuden a elaborar lo que nos sucede como familia.
Nuestra responsabilidad como adultos, es acompañarlos y asegurarles que estaremos para acompañarlos en esta crisis. Nosotros a ellos y no viceversa. Los niños. ¿Cuántas veces los ponemos como excusas para seguir drenando cuentas y dolores pendientes?. Los colocamos como motín de nuestras guerras eternas. Los manipulamos para que “entiendan”. Pocas veces, les preguntamos cómo están, qué quieren, qué necesitan, qué sienten. Los duelos son oportunidad de crecimiento y cambio. En la vorágine de hoy no nos damos tiempo para esto. Hay que salir rápido,YA. Estar bien y a otra cosa.
Los duelos, duelen. Una separación, nos deja dolor, frustración, fin de un proyecto. Pérdida. Nos duele a los adultos y a los niños también. A veces nos olvidamos de esto. Dolor no es quedarnos en el sufrimiento. Duelar es conectar profundamente con esto que hemos perdido, para poder aprender y no perpetuar la misma manera de relacionarnos. Y esto, lleva tiempo y paciencia (ciencia de la paz).
Poder reconocernos en nuestra historia, asumiéndolo con honestidad y adultez será un comienzo para sincerarnos con nosotros mismos y nuestros hijos.
Lic. Roxana Ale









